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No es que me haya inscrito en el maratón de Dublín (las únicas carreras para las que estoy inscrito de momento son los 10 km de Orgullo, el 5 de julio en Madrid, en el marco de las celebraciones del anteriormente conocido como día del orgullo gay; y los 20,308 km de la Clásica Internacional Marsella-Cassis, que organizan en el pueblo de mi mujé el 26 de octubre –un día antes del maratón de Dublín, lo que me imposibilita correr éste, ahora que caigo–).
No. Ocurre que los dirigentes políticos europeos (incluido el presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero) y analistas de muchos medios de comunicación se rasgan las vestiduras por el «no» de los irlandeses en el referéndum del pasado 12 de junio sobre el Tratado europeo de Lisboa de 2007.
Ocurre también que esta mañana me he despertado escuchando en la radio una ingeniosa idea de la inefable comisaria europea de telecomunicaciones, Viviane Reding, que pretende que para abaratar los servicios de telefonía móvil, está dispuesta a aceptar que los usuarios de móviles tengan que pagar por recibir llamadas. Esto y la lectura del artículo Bis repetita placent (con el que estoy básicamente de acuerdo) en el blog de Berlioz, Ma vie, mon oeuvre , al que he llegado por casualidad esta mañana, me han impulsado a escribir esta entrada.
Y es que, aprovechando que tengo un blog, voy a dejar algunas cosas bien claras para desahogarme un poco. La primera, que mi vocación europea y europeísta es (casi) un principio personal. Debo recordar con sonrojo que la campaña oficial en España para el Referéndum sobre el Tratado que establece una Constitución para Europa celebrado aquí el 20 de febrero de 2005 (y que tenía en España un carácter meramente consultivo) fue una manipulación acojonante que vendió (con bastante éxito) la idea de que si se votaba «no» al tratado, se estaba votando en contra de Europa. La falta de debate en profundidad fue desoladora. A pesar de todo, me leí el tratado y voté en contra con conocimiento de causa. Con una abstención impresionante (hubo un raquítico 42% de participación), el «sí» ganó en aquel referéndum con el 77% de los votos emitidos. Lo más humillante para mí fue que, en los días siguientes al referéndum, tuve que soportar con paciencia y estoicismo (smiley ) las más disparatadas interpretaciones de mi voto (así como de los 2.428.408 votos negativos restantes), y de mis intenciones ocultas , en los más variados medios de comunicación.
El referéndum en Francia (donde sí hubo un amplio debate con muchísimos más matices que en España) se celebró el 29 de mayo de 2005 y dio como resultado un 55% de votos negativos (sobre un 69% de participación), lo que junto al referéndum holandés (de 1 de junio de 2005, con el 62% de votos negativos sobre un 63% de participación), paralizó el tratado.
Con la lección aprendida sobre el peligro de las consultas populares, los gobernantes de nuestros 27 países se reunieron en Lisboa, pocos días después de que yo estuviera corriendo la maratón de aquella ciudad, para revisar lo menos posible el texto del anterior intento y dar a luz a un nuevo Tratado europeo, firmado el 13 de diciembre de 2007 en la capital portuguesa. Pero resulta que a nuestros dirigentes les ha salido un nuevo grano en el culo (con perdón), a saber, el rechazo en el referéndum de Irlanda (53% en contra, sobre un 53% de participación), el único país de la Unión con la obligación de someter la cuestión a consulta.
Me molestan y me irritan sobremanera las declaraciones del gobierno español (de Moratinos –el ministro de asuntos exteriores– así como del propio presidente Rodríguez Zapatero), en línea con las del presidente francés Nicolas Sarkozy, por ejemplo, en que afirman que no se puede detener en ningún caso el proceso de ratificación y que el voto negativo de 800.000 irlandeses no puede paralizar un tratado que apoyan (sic) 458 millones de europeos.
Pero me molesta mucho más que el gobierno español, que es de los pocos que sobre el papel son de izquierda, apoye sin embargo directivas europeas totalmente aberrantes como la llamada directiva de la vergüenza sobre la detención y la expulsión de extranjeros, que se vota mañana 18 de junio en el parlamento europeo; o que no se oponga con la suficiente contundencia (pese a las declaraciones gubernamentales, ¡España no ha votado en contra, sino que se ha limitado a abstenerse!) a la directiva sobre el tiempo de trabajo, que los ministros del ramo han fijado en ¡¡65 horas semanales!! (a la espera de su discusión en el europarlamento). (¿Estaremos volviendo a los oscuros tiempos que precedieron a las revoluciones industriales?)
Por otro lado, he llegado a escuchar a preclaros analistas (españoles) exigiendo a Irlanda que, si finalmente se opone frontalmente al tratado, devuelva las ayudas europeas recibidas durante estos últimos 35 años, porque supuestamente a lo que se oponen con ese «no» es a la solidaridad hacia los nuevos países miembros (o miembras ) que forman parte de la Unión y que son más pobres. Pero ¿y si ese «no» fuera simplemente una oposición a que se consagren la economía ultraliberal, «la destrucción de los servicios públicos, la desreglamentación comercial y la pérdida de control nacional», como destaca Berlioz en su post? (No estoy diciendo que todos los votos negativos se deban a eso, sólo lo apunto como posibilidad).
En ese sentido, como europeísta de izquierdas convencido, yo también me declaro irlandés. Quiero decir, que de haber sido irlandés, quizás habría votado en contra en el referéndum por todas esas razones, o por otras parecidas.
Y me apunto el maratón de la bellísima ciudad de Dublín para mi agenda de 2009. Y voy a ver si esta noche me tomo un Irish Coffee después de entrenar, ¡hala!
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Non, je ne me suis pas inscrit au marathon de Dublin (les seules courses auxquelles je sois inscrit pour l’instant sont les 10 km de Fierté, le 5 juillet à Madrid, dans le cadre des célébrations de la fête précédemment connue comme Gay Pride ; et les 20,308 km de la Classique Internationale Marseille-Cassis, organisée dans le bled de ma moitié le 26 octobre – la veille du marathon de Dublin, ce qui rend impossible mon assistance à celui-ci, maintenant que j’y pense –).
Non. Ce qui se passe, c’est que les hommes et femmes politiques européens (y compris le président du gouvernement espagnol, Rodríguez Zapatero), ainsi que les analystes de plein de médias, s’arrachent les cheveux à cause du «non» des irlandais dans le référendum du 12 juin dernier sur le Traité de Lisbonne 2007.
Ce qui se passe, aussi, c’est que ce matin je me suis révéillé en écoutant à la radio une idée géniale de l’ineffable commissaire européenne chargée des télécomms, Viviane Reding, qui ne voit pas d’objection à ce que les utilisateurs des téléphones portables payent quand ils reçoivent un appel. Ceci, plus la lecture de l’article Bis repetita placent (avec lequel je suis essentiellement d’accord) sur le blog de Berlioz, Ma vie, mon oeuvre , auquel je suis arrivé par hasard ce matin, m’ont poussé à écrire ce billet.
C’est ça : je vais profiter du fait que j’ai un blog pour éclaircir certaines choses et pour me défouler un peu. Tout d’abord, ma vocation européenne et européiste est (presque) un principe personnel. Je dois rappeler non sans honte que la campagne officielle pour le Référendum sur le Traité établissant une Constitution pour l’Europe qui a eu lieu ici le 20 février 2005 (et qui en Espagne n’était que consultatif) a été une manipulation affligeante qui a vendu (avec pas mal de succès) l’idée suivante : être contre le traité, c’est être contre l’Europe. Le manque d’un débat en profondeur a été désolant. Malgré tout, j’ai lu le traité et j’ai voté «non» en toute connaissance de cause. Avec une abstention impressionnante (la participation a été d’un maigre 42%), le «oui» l’a emporté avec un 77% des votes valides. Le plus humiliant pour moi a été, dans les jours qui ont suivi le référendum, de devoir supporter avec patience et stoïcisme (smiley ) les interprétations les plus loufoques de mon vote (ainsi que des autres 2.428.408 votes négatifs) et de mes intentions cachées , dans les médias les plus divers.
Le référendum en France (où il y a bien eu un débat d’idées avec beaucoup plus de nuances qu’en Espagne) a eu lieu le 29 mai 2005 et a donné 55% de votes négatifs (sur un 69% de participation) ; ceci ajouté au référendum hollandais (du 1er juin 2005), avec 62% de votes négatifs sur une participation de 63%), a stoppé le traité.
Une fois la leçon apprise (sur le danger des consultations populaires), les gouvernements de nos 27 pays se sont réunis à Lisbonne, quelques jours après ma participation au marathon de cette ville, pour réviser le moins possible le texte précédent et accoucher un nouveau Traité européen, signé le 13 décembre 2007 à la capitale portugaise. Toujours est-il que nos dirigeants ne s’attendaient pas trop à ce nouveau pépin, le refus en référendum (53% de votes contre, sur une participation de 53%) en Irlande, le seul pays obligé d’en faire un.
Ce qui m’a beaucoup énervé et gêné, ce sont les déclarations du gouvernement espagnol (du ministre des affaires étrangères, Moratinos, ainsi que du président Rodríguez Zapatero lui-même), dans la même ligne que le président français Nicolas Sarkozy, par exemple, où ils affirment qu’on ne peut arrêter en aucun cas le processus de ratification et que les votes négatifs de 800.000 irlandais ne peuvent stopper un traité soutenu (sic) par 458 millions d’européens.
Quelque chose qui me dérange encore davantage, c’est le fait que le gouvernement espagnol – un des rares en Europe qui soit de gauche, du moins en théorie – soutienne pourtant des directives européennes complètement abérrantes comme celle qu’on appelle la directive de la honte sur la rétention et l’expulsion des étrangers, qui sera votée demain 18 juin au parlement européen ; ou bien qu’il ne s’oppose pas fermement (malgré les déclarations gouvernementales, l’Espagne n’a pas voté contre : on s’est abstenu !) à la directive sur le temps de travail, que les ministres en la matière ont approuvé tout récemment et fixant sa durée hebdomadaire à… 65 heures !! (en attente de discussion à l’europarlement). (Serait-on en train de reculer aux temps obscurs qui ont précédé les révolutions industrielles ?)
D’un autre côté, j’ai eu le droit d’écouter d’illustres analystes hyper-illuminés (espagnols) exigeant à l’Irlande, si elle s’opposait définitivement au traité, de rendre toutes les aides européennes que le pays a reçues le long de ces dernières 35 années, parce que ceux qui ont voté «non» seraient en train de s’opposer à la solidarité de l’Union envers les nouveaux pays membres, les plus pauvres. Mais, et si ce «non» n’était qu’une opposition à ce que l’Europe ne consacre l’économie ultralibérale, «la destruction des services publiques, la dérèglementation commerciale, la perte de contrôle au niveau national», comme le dit si bien Berlioz dans son billet ? (Je ne suis pas en train d’affirmer que tous les votes négatifs le sont pour ces raisons : je ne fais que noter cela comme une possibilité parmi d’autres).
Dans ce sens, et comme européiste de gauche convaincu, je me déclare irlandais moi aussi. Je veux dire par là que si j’avais été irlandais, j’aurais peut-être voté «non» au référendum pour toutes ces raisons, ou pour d’autres raisons analogues.
Et pour mon programme 2009, je vais noter le marathon de la très belle ville de Dublin comme une sérieuse possibilité. Et je vais essayer de prendre un Irish Coffee après mon entraînement de ce soir. Voilà !
P.S. (20h14) Mes excuses aux lecteurs francophones qui sont passés par là avant que je n’aie pu compléter la version en français de ce billet. Et merci de leur visite ! |